Hace días, intensamente viví momentos del pasado que no habían cruzado mi mente en mucho tiempo. Fue como si me hubieran reconectado a la máquina de las memorias y le hubieran movido al switch de los olores, colores, sonidos, movimientos y sentimientos para que se volvieran más intensos.
LM y yo veníamos escuchando a Silvio Rodríguez en el coche. El hecho de venir escuchando a Silvio, en el coche, rumbo a la oficina, hizo que reviviera el trayecto "Correos - Prepa Tec" que hacía yo casi todas las mañanas con Mariam, cuando trabajábamos en Santa Catarina. Yo esperaba a Mariam en Correos y ella se bajaba del camión amarillo que venía desde El Faisán. Era un recorrido de aproximadamente 40 minutos en el Fiesta y, como sólo tenía opción de radio y cassette, y yo no tenía muchas opciones de música en mi auto, yo me imagino que la Güera me trajo el cassette de Causas y Azares para que ya no escucháramos "Para Empezar" todas las mañanas. De tanto escuchar ese cassette, me aprendí y hasta llegué a cantar las canciones en voz alta (estando sola, claro está porque cantarlo acompañada podría ser considerado como violencia auditiva).
Hace días, no pude evitar llorar cuando escuché "que la luz de esa clara mañana era luz de su último día". Huay...siempre me conmovió esa canción, pero ese momento que reviví fue tan intenso que no pude contenerme. Me hizo revivir un evento que pudiera parecer trivial (traslado matutino a la oficina), pero para mí sentó las bases de una de las amistades que más aprecio.
El otro momento intenso se dio en la alberca. Desde hace unas semanas intento retomar la natación y sigo una rutina que día con día se anota en el pizarrón de la alberca a donde voy. Si no hubiera sido que allí estaba anotado algo así como "4 x 50 dorso", hubiera nadado croll o pecho, que es lo que más me gusta y con lo que menos batallo. Nunca me ha fascinado el dorso. De chica me decían que era mi mejor estilo, pero siempre me desesperó el agua salpicada en la cara y la angustia de no poder calcular las brazadas que me faltaban para llegar a la orilla y no golpearme la cabeza.
Pues ese día intenté nadar dorso y la máquina de memorias se enchufó de una manera violenta. Percibí el olor del cloro, la sensación del agua salpicándome la cara, el silencio repentino y mi respiración.
Supe cómo dar las brazadas, recordé la técnica...y también recordé el olor a cloro de la alberca en donde tomaba mis clases a los 5 ó 6 años de edad. Recordé mi traje de baño azul, mi gorra blanca, los vestidores donde me cambiaba mi mamá, a mi maestro Juan. Recordé a mi mamá esbelta, guapísima, con pelo al hombro, en falda y taconcitos. A veces me compraba, después de la clase, algo que no recuerdo, en la fuente de sodas (¿sería una paleta de agua, acaso?). Recuerdo las competencias, el nervio, las batitas blancas de toalla, el frío, las gradas donde gritaban y animaban mis papás.
Ese día en la alberca, mi cuerpo recordó los movimientos, pero también me reclamó con un calambre. Las marcas de referencia para dorsistas me avisaron que ya estaba llegando a la orilla y me gritaron: "Aquí estamos...¿nos recuerdas? No nos hemos movido de aquí. Qué bueno que por fin volviste".
Pues sí, he vuelto. La máquina está empezando a funcionar y arrancando de nuevo, después de un período de negligencia y un ya necesario engrasado y cambio de piezas. Volví al espacio porque es una terapia que disfruto, y aprovecho también compartir memorias con aquellos y aquellas a quiénes les interese leerlas.
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